ANDROMEDA, mi espacio para compartir

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Volar 1 febrero, 2017

Filed under: Historias,Mi taller de escritura — Juana Aucejo @ 15:07
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¡Mi sueño! Ascender hacia el infinito azul como un Sputnik para dejarme caer en picado y planear sobre las elevadas cornisas de los barrancos con la majestuosidad del águila real o mecerme en las corrientes de aire como las gaviotas.

¡Ay, Ícaro! Comprendo tu imprudencia al acercarte al sol cuando probaste las alas inventadas por tu padre, Dédalo. Qué libre y poderoso debiste sentirte.

También al italiano Leonardo le subyugó la capacidad de quedar suspendido en el vacío y aunque fuera el inventor de aquellos ornitópteros, precursores de los helicópteros, me quedo con sus alas de murciélago y su estudio del vuelo de los pájaros emulado por los hombres en las pinturas negras de Goya o por Batman.

No soy creativo y solo puedo contribuir al genio inventor con mi afán de que sus artilugios funcionen y de que las alas ágiles, sencillas, livianas y poderosas como las de los pájaros sean algún día una realidad y puedan ser usadas por nosotros los humanos de la forma más natural.

Hasta ahora, el ala delta y el parapente han calmado mi ansia de adrenalina, con ellos navego en el aire y una sensación de paz me invade al contemplar el mundo a mis pies mientras la brisa que me llega borra el miedo inicial al salto, pero la necesidad de volar que siento es cada vez mayor.

El sueño de Da Vinci vive en mí y en el obligado reposo al que mis dos fracturas en el pie izquierdo me han recluido, no sé si bendecir o maldecir al inventor del traje pájaro, el wingfly, ese mono de nailon provisto de un simulacro de alas y cola. Cuando me propusieron probarlo, sin encomendarme a ningún santo, acepté de inmediato y allá que nos fuimos al pico más alto. La experiencia superó lo inimaginable, qué subidón planear aunque fueran tan solo unos minutos que me parecieron eternos a más de 150 kilómetros por hora, con el aire golpeándome en la cara y unas enormes ganas de gritar mientras caía con la respiración contenida a escasos metros de las rocas, sorteaba las copas de los árboles y aterrizaba desabrochando la cremallera que me liberaría las piernas pero, con la excitación del momento y como suele ocurrir con las cremalleras, se atascó. El casco y el resto del equipo aguantaron mejor que mi pie, fue lo mínimo que pudo ocurrir.

 

La pequeña muerte (La petite mort) 13 enero, 2017

Filed under: Mi taller de escritura,Otras cosas — Juana Aucejo @ 14:38
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Al tiempo que su ritmo se hacía más rápido y más profunda cada embestida, sentía que ráfagas de calor recorrían su espalda incrementándose una tras otra como las olas del mar ¡Quieto, quieto!, le gritó clavando las uñas en su espalda mientras arqueaba las caderas, absorta en su propio placer que fue acumulándose y acumulándose hasta estallar en su centro cerebral dejando a su cuerpo inerte, con la respiración contenida, aún cuando sintiese vibrar cada célula de su ser y una cálida sensación se desparramase por todo él, abandonada al éxtasis del momento, la mente en blanco. Cuando la respiración le volvió y pudo abrir los ojos encontró a los de su amante fijos en ella, sorprendidos, casi asustados ¡pobre!, nada sabía de su culminación.

 

El mandala 12 enero, 2017

Filed under: Mi taller de escritura,Otras cosas — Juana Aucejo @ 23:09
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Violeta, con el ceño fruncido y los ojos brillantes por la impotencia que siente, lanza con hastío sobre el sillón los bártulos que se ha traído de la oficina a casa y se sienta ante la pequeña mesa de trabajo. Encorajinada, tamborilea sobre ella los dedos. La reunión de trabajo que ha tenido esa mañana terminó sin tiempo para que pudiera exponer su proyecto, minuciosamente estudiado, que ayudaría sin duda a salir de la situación de crisis por la que está pasando su departamento.

De forma maquinal garabatea sobre una cuartilla con un lápiz de color tomado al azar de los que usa para diseñar, coge otro y otro.

A medida que los trazos se suceden su respiración se torna más tranquila y su mente se aquieta ¡Qué tonta! –se dice– Tal vez haya sido mejor así. Aún puede ser escuchada y estar mejor preparada para rebatir las posibles objeciones, si las hubiera.

Recoge los lápices desparramados y una sonrisa se dibuja en su rostro al ver el resultado de su inconsciente dibujo: un bonito mandala en el que predomina el violeta.

Los colores del mandala la han llevado al que su nombre hace honor y sus beneficiosas cualidades le han aportado nuevas ideas y sosegado su ánimo.

 

Futuro 26 diciembre, 2016

Antes de embarcar en la lanzadera que le llevará de vuelta a la Tierra, Ahmed contempla la ciudad erigida alrededor de la primitiva plataforma espacial. Energía, cultivos y hasta una reserva marina cubren las necesidades de sus habitantes; jardines fotosintéticos favorecen la pureza del aire bajo la gran cúpula que hace de cielo donde, con una temperatura constante, los ciclos circadianos se suceden sin riesgo de catástrofes climáticas o geológicas. Todo un éxito y ahora que el hábitat es ya una realidad, tal vez haya llegado el momento, piensa, de hacer habitables las zonas desertizadas de su propio planeta.

Microrrelato presentado al concurso de la Fundación del agua AQUAE


 

Haiku al vino 11 diciembre, 2016

Filed under: Mi taller de escritura — Juana Aucejo @ 17:58
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Cáliz de vida

elixir quitapenas

también letal.

 

Noche de San Juan 23 junio, 2016

 

 

No es por la tradición de saltar siete olas,

que tan arraigada tengo desde mi niñez,

ni es por pedir siete deseos.

 

No es por creer, o tal vez sí, que esta noche mágica2012-11-02 22.50.28

nos comunica con el mundo invisible,

que en cada solsticio, hipnótica, acudo a tu cita

para saltar las siete olas,

para hundir mis pies descalzos en tu seno

donde descansaré algún día

junto a las almas gemelas que me precedieron

para orar por ellas al invocar tu nombre

ante la séptima cresta espumada.

 

También por los que aquí quedamos,

y por la cordura de este mundo loco,

una, dos, tres, cuatro…

 

¡Yemanyá! Orixá, diosa del mar.

 

 

Silencio 20 junio, 2016

PMI2016

 

Las estrellas, más pequeñas que las que dejó en su tierra, titilaban débilmente mientras la luna se ocultaba indiferente al drama que a sus pies se vivía.

Con el rostro apoyado en el húmedo madero al que se asió cuando la barcaza en la que iba fue abatida por un fuerte golpe de mar cerró los ojos, exhausto. Con él, otras veinte personas habían emprendido, cabizbajos y trémulos, el incierto viaje a una nueva tierra para librarse del horror de vivir en el centro del apocalipsis de la incesante metralla y carencias que los diezmaba sin tregua, en busca de una segunda oportunidad para sobrevivir unos, de encontrar los medios para ayudar a su gente, como era su caso, otros.

Apenas sentía el entumecido cuerpo y la sed que lo deshidrataba, solo un dolor punzante dentro del pecho, el de unas lágrimas secas que estallaban en su mente. Sí él moría, con él lo harían también las esperanzas de quienes habían agotado sus últimos recursos para que hiciera ese viaje y pudiera sacarlos, a su vez, del infierno en el que esperaban su salvación.

Había perdido la noción del tiempo que llevaba flotando a la deriva con el anhelo de ser rescatado o de que las corrientes le permitieran arribar a alguna costa, no recordaba ya cuando dejó de oír las voces de quienes iban con él, la negrura de la noche le envolvía y sus dedos resbalaban lentamente de la tabla mientras el mar le cubría.

                                                                                                    Juana Aucejo

Relato con el que participo en la alambrada de Miguel Torija (la colinanaranja.blogspot.com.es), una iniciativa para denunciar las situaciones infrahumanas que sufren los refugiados en cualquier parte del mundo.